Bioplásticos, ¿un paso más a la salvación? 2021/01/05

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05 de Enero de 2021

Desde la década de los años cincuenta del siglo pasado, los plásticos fabricados a gran escala a base de combustibles fósiles se volvieron omnipresentes y, por lo tanto, necesarios para resolver necesidades cotidianas de los seres humanos.

Los plásticos, en general, no son biodegradables, por lo mismo no se descomponen como el material orgánico, pero sí se acumulan en vertederos o en el entorno natural, justo, como en los océanos.

Debido al desenfrenado consumo de plásticos, sobre todo de los llamados de un solo uso —úsese y deséchese—, en los primeros años del nuevo milenio poquísimos países empezaron a prohibir las bolsas fabricadas con ese material. Más tarde, algunos otros siguieron esa ruta y sumaron otros utensilios y algunos empaques.

Así, con el anhelo de ser más sostenibles, surgió la búsqueda de “bioplásticos”, con materiales reciclables, biodegradables y otros capaces de desintegrarse a través del compostaje, a partir de querer imitar el ciclo de vida de una hoja o la hierba que se descompone en la tierra y la nutre, porque el plástico no lo hace. Al contrario, el plástico tiene una vida muy, pero muy larga: las bolsas de polietileno tardan 150 años o más en descomponerse; las botellas y otros recipientes, de 450 a mil años; el hilo de nylon para pescar, 600 años, y la redes también tardan siglos, además, éstas, si se quedan abandonadas en el mar, ocasionan lesiones y muerte a la vida marina.

A los tres tipos de materiales reciclables, biodegradables y compostables los diferencian sus compuestos, por lo cual debe existir una planificación en el manejo, eliminación y, en su caso, reciclaje.

Por ejemplo, una forma de eliminar para siempre los residuos plásticos es mediante la combustión, pero genera contaminación peligrosa, por lo tanto, no es la mejor forma de desecharlos.

De acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), los artículos de plástico biodegradable no se descomponen en automático en el medio natural —como sí lo hacen una hoja y una rama de árbol— ni tampoco en el océano, pues necesitan “una exposición prolongada a altas temperaturas por encima de los 50 grados centígrados” y esas condiciones se encuentran en plantas de incineración.

Los plásticos compostables están hechos de ácido poliláctico (PLA) y con esta sustancia proveniente del maíz, la yuca, la caña de azúcar y el betabel o remolacha se elaboran platos, envases para comida para llevar, cubiertos, botellas, bolsas para supermercado y otros productos. Pero, siempre hay un pero, si se tiene la idea de que se pueden tirar en el jardín para que sirvan como composta o abono para las plantas o que pueden descartarse en los tiraderos sin afectar el ambiente, es una total equivocación.

Primero, porque para desecharlos se requiere también separarlos en un contenedor especial y, segundo, deben pasar a una planta de compostaje que funciona a altas temperaturas y una humedad específica y no todos los países cuentan con estas instalaciones.

En el caso de la Ciudad de México, el 1 de enero de este año que recién inicia entró en vigor la segunda fase de la prohibición que suma “palitos mezcladores, platos, popotes o pajitas, bastoncillos para hisopos de algodón, globos y varillas para globos, vasos y sus tapas, charolas para transportar alimentos, aplicadores de tampones, fabricados total o parcialmente de plásticos, diseñados para su desecho después de un solo uso, excepto los que sean compostables”, de acuerdo con el artículo 25 fracción XI BIS de la Ley de Residuos Sólidos del Distrito Federal.

Es decir, no podrá comercializarse, distribuir ni entregar cualquier artículo de plástico convencional. En tanto, la primera fase se instrumentó el año pasado prohibiendo las bolsas y permitiendo, únicamente, el uso y producción de bolsas biodegradables o compostables.

Así, la CDMX enfrentará el grave problema de contaminación por plásticos, pero falta saber si existen plantas para procesar esos nuevos productos compostables y biodegradables, porque, de lo contrario, las consecuencias para el ambiente serán igual de graves si no se cuenta con una planificación para la eliminación y reciclaje.

Si se quiere caminar en serio hacia una ciudad de basura cero, es necesario que los ciudadanos sean conscientes de la manera en la que consumen, además de un trabajo conjunto entre autoridades, industrias y la investigación científica para una óptima transición hacia materiales biodegradables, compostables y reciclables y cómo se descartarán para evitar más afectaciones al ambiente.

Una dificultad adicional para aplicar la nueva ley es la necesidad del envío de comida a domicilio en épocas de semáforo rojo. Se necesitará voluntad y creatividad adicional para superar este escollo.

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